
Nos repartimos los 100 m de ribera accesible y nos ponemos a posar sobre la superficie la única sugerencia del guía en toda la jornada: moscas secas más bien grandecitas a las que convenía dotar de animación de vez en cuando. Tras media hora de lances largos e infructuosos se produce una subida que separa el agua en dos con rotundidad; una subida que no es a mi mosca no, aunque su efecto en las palpitaciones de mi corazón así lo sugiera. Un lomo largo, muy largo, ha roto la superficie allá lejos. Cada pasada de la mosca, cada pequeño tirón o patinazo aunque animados de mayor ilusión se muestran tan infructuosos como los anteriores.
Ha llegado la hora de pescar un poco más profundo. La lluvia incesante que ha comenzado la tarde anterior (con lo bien que habíamos pescado a pez visto durante la mañana) ha puesto los ríos de la zona como en nuestras peores previsiones. Como en la pesca todo es imprevisible no había olvidado la habitual precaución de incluir entre los bártulos una línea de punta hundida, además de la línea casera para pescar a ahogada que el amigo Jöel me regaló hace tiempo. Fue ésta la que sustituye a la línea flotante que estoy usando en este momento. Aunque no profundiza tanto, esta suerte de línea hundida ligera puedo lanzarla mejor que la Teeny que, por cierto, se ha quedado en el coche. Desde que he cambiado el chaleco por un peto soy el tío más feliz del mundo: hay muchas cosas que ya no puedo llevar encima pero pesco igual y mi espalda lo agradece horrores.
Empato una pequeña Woolly Bugger (#10 3XL) oliva y, como es lógico, me pongo a insistir en la zona del gran lomo que corta la superficie produciendo taquicardias. Lances a 90º sin recogida, dejando derivar la mosca en abanico con ligeros movimientos de la puntera para animar la cola de marabú, suelen ser suficientes para despertar el instinto cazador de las truchas con una Woolly. Aunque al parecer no esta mañana. Nada perturba la cadencia de los lances que se suceden monótonos, tan monótonos como la lluvia y el frío que lo envuelve todo.
De pronto, la silueta del flanco de una gran trucha destella en la profundidad del agua oscura.¡Joder, vaya pez! fue el pensamiento que cruzó mi mente en un primer instante.El segundo instante fue una revelación: ¡Un momento! ¡Mi mosca debe de andar por ahí!Sin necesidad de una orden consciente la puntera de mi caña se levanta e inmediatamente adopta una curvatura muy seria. Es cuando lamento la estupidez de no haber sustituido el terminal de flourocarbono del 5X por algo un poco más recio.Es la primera trucha de una fructífera jornada, mucho más fructífera de lo que las condiciones del río apuntan. Y es que la esperanza brota eterna en el corazón del pescador.

La picada de un pez grande que no transmite ninguna sensación a la mano, a pesar de que la línea esté tensa a 45º aguas abajo debe de ser más habitual de lo que pensaba. Esta cita es de un artículo en la web de Ally Gowans:
Fish that are sufficiently interested take the fly into their mouths do so in a variety of ways; usually unseen and sometimes not even felt immediately by the angler because they are heading in a direction towards the rod in such a way that nothing is communicated back to your hands. I know that it’s perfectly possible for fish to inhale a fly and eject it with a swift return of breath only because I have seen it happen.
Aitor



